martes, 14 de abril de 2009



El mercado de trabajo es el lugar “donde se encuentra uno de los tres factores de producción, el trabajo. La oferta la constituye los trabajadores en busca de empleo y la demanda los empresarios que buscan mano de obra”. El mercado laboral ha sufrido cambios importantes en los últimos siglos tanto en aspectos sociológicos como económicos y tecnológicos, especialmente desde la iniciación de la primera revolución industrial (final del siglo XVIII y principios del siglo XIX) que condujo a todos sus participantes (en especial los países desarrollados de Europa) a la desaparición de algunos empleos y la aparición de otros nuevos.
Al ser Gran Bretaña el líder iniciador de la Revolución Industrial, nos enfocaremos en ella como eje central, para comparar el mercado de trabajo, antes y después de la revolución industrial, y los movimientos sociales que lucharon por sus derechos laborales.

Entre la segunda mitad del siglo XVIII y XIX transcurrió en Inglaterra una Revolución Industrial que conllevó a un conjunto de transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales. Con la Revolución Industrial, el trabajo manual fue reemplazado por la industria y la manufactura , se hicieron importantes progresos en la producción agrícola, en la extensión de la red comercial y en el desarrollo del sector financiero. Para Inglaterra la revolución industrial significó un momento de crecimiento económico y aumento de productividad, combinado con un fuerte crecimiento demográfico que resultaría en mano de obra barata. Junto a la revolución agrícola británica se hizo más eficiente la producción de alimentos con menor aporte del factor trabajo, alentando a la población que no podía encontrar trabajos agrícolas a buscar empleos relacionados con industria y, por lo tanto, crear movimientos migratorios desde el campo a las ciudades y a las nuevas fábricas. Tras la Revolución Industrial inglesa, el trabajo en el campo y las zonas rurales ya no presentaba la totalidad del mercado de trabajo. El éxodo rural a las nuevas ciudades inglesas representó un nuevo modelo de mercado laboral en el cual por primera vez se llevó a cabo una explotación del trabajo infantil y de mujeres a bajo coste en condiciones miserables e inseguras de las fábricas y zonas urbanas. En las ciudades los antiguos campesinos – nuevos obreros, tenían que hacer frente a una “carencia de habitaciones […] espacios reducidos sin las mínimas condiciones, comodidades y condiciones de higiene. A ello se sumaban largas jornadas de trabajo, que llegaban a más de 14 horas diarias, en las que participaban hombres, mujeres y niños, con salarios de miseria, y que carecían de toda protección legal frente a la arbitrariedad de los dueños de las fábricas o centros de producción.” Con un nuevo orden económico- urbano- industrial se generaron pronto formas de segregación sexual en las actividades laborales que se concretó, parcialmente, en la adscripción exclusivamente femenina a las tareas reproductivas, dejando las actividades productivas al hombre, y al “precio de la fuerza de trabajo, más barato el de las mujeres que el de los varones[…] las mujeres quedan reducidas a la categoría de esposas dependientes de sus maridos trabajadores: se las considera menos productivas y mano de obra barata”
En su ensayo “La situación de la clase obrera en Inglaterra” en 1845 el gran pensador Friedrich Engels, hijo de un fabricante alemán, describió su visión de la realidad de la vida de la población trabajadora, denunciándola en su libro, en el que abundan los detalles sobre las malas condiciones de trabajo, la adulteración de alimentos y las deficiencias de la vivienda obrera. La visión de Engels se popularizo rápidamente y junto con discursos de reformadores sociales, médicos y legisladores, se pudo naturalizar las relaciones entre los sexos, sancionando el orden social, al que dieron forma y sentido. Como apoyo a sus discursos, muchos médicos, educadores y legisladores defendieron un ideal de “mujer ama de casa, madre y educadora de sus hijos” , una visión ideal durante momentos de expansión industrial, en el cual las tasas de natalidad y mortalidad infantil disminuyeron radicalmente.
A finales del siglo XIX las condiciones de trabajo en la industria comenzaron a ser reguladas por las empresas y los estados atendiendo las reivindicaciones de los sindicatos de clase. Al ser un sector minoritario dentro de la actividad industrial, pero al mismo tiempo el sector más vulnerable del grupo, las primeras regulaciones de las condiciones de trabajo afectaron a las mujeres y niños e incluían una reducción de la jornada de trabajo, asistencia médica, el subsidio por embarazo, etc. (estas regulaciones sólo tuvieron efecto para las mujeres urbanas, no rurales).
Al final del siglo XIX, la agricultura y el servicio doméstico reunían la mayor parte de la población activa femenina en los campos, -“en Inglaterra el 40% de las mujeres empleadas trabajaban en el servicio doméstico y el 20% en la industria textil” - mientras que en la ciudad, la mujer seguía trabajando en los sectores tradicionales de los mercados, las tiendas, vendiendo por la calle, etc. El mercado de trabajo, justo después de las reformas de protección del trabajo femenino, favorecía por lo tanto un trabajo mayoritariamente masculino o femenino a salario bajo. Las regulaciones del trabajo femenino hoy en día todavía sirven para elevar la segregación en función del sexo y justificar las diferencias de remuneración y de status, siempre inferiores para la mujer.

La transición del mercado laboral femenino en Inglaterra, tras la aparición de nuevos sistemas de trabajo y núcleos familiares, como consecuencia de la revolución industrial, presenta una transición del mercado de trabajo a nivel mundial. El cambio del mercado laboral en los siglos XIX y XX no solo que afectan nuestra economía y política, sino que también los fundamentos de la sociedad en la que vivimos. La mujer pasó de un soporte en la case y trabajadora esencialmente domestica, a trabajadora en las fábricas y centros urbanos, y de ahí, hoy en día una empelada “equivalente” a un empleado masculino – eso si, manteniendo en vigor las diferencias salariales entre los sexos.

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